Etapa 17: León – San Martín del Camino

Lunes 13 de agosto: cada mañana haces check out en un sitio distinto, viviendo diferentes vidas de personas diferentes. Cada jornada puedes re-inventarte y ser quien quieras, incluso tú mismo. Esta mañana decidimos ser nosotros y pronto nos damos cuenta de ello al saquear el mostrador de bollería del día anterior que expone el único bar que hay debajo de nuestro hostal de León. – Qué hay… Dos colacaos, uno de ellos templao. Tienes bollos, por favor?Sí, no los veis aquí delante..? (Error) – Nos pones todosCómo? (Con sonrisa altiva) – Sí. Todos. Para comer aquí. (Nos hubiéramos comido el mostrador. Ese día no tuvo más bollos. Fue personal). Hablamos de 2 colacaos grumosos de medio litro y 7 bollos rellenos de crema, chocolate y otros aditivos descubiertos por el hombre. Todo eso, pero pa 2. – Ah…, la cuenta también para llevar, que no nos apetece comérnosla aquí… Miguel escapa dopado de azúcares y yo me quedo remolón buscando pepitas de chocolate en mi jersey verde que no llego a ingerir porque estaba saciado. Me quedo escribiendo unas líneas del diario que al final del Camino nos intercambiaremos, y salgo a la hora y poco…
Vago 10 minutos por León como echándola de menos antes de haberla dejado y me cruzo con el medieval hostal de San Marcos, antiguo hospital de peregrinos reconvertido en Parador de Turismo a las órdenes del siglo XXI…
Ya casca lorenzo y voy abandonando la ciudad con zapatilla y sandalia en pies, gorra saharaui y mi dignidad, que empieza a sudar. Véase herida de mojón (Nájera) en peroné izquierdo.

Atravieso el puente sobre el río Bernesga y continúo por Quevedo, que ya me saca de la ciudad. Lo siguiente es Trobajo del Camino y un polígono industrial. Cómo nos gustan los polígonos. Un día fueron gratis y encargaron 10.000. – Por favor, poned la mitad de ellos en el Camino de Santiago, gracias…De nada, la factura a qué nombre?Santiago mismo…
Voy jodido de lo mío, pero adelanto a lo Zatopek a tres niñas de 20 años que quedan prendadas de mis gemelos tostados a fuego lento en Palencia. Entro en Virgen del Camino, casi a 8 kilómetros y bifurcada por una nacional concurrida, pero necesito parar ya. Pregunto a una pareja sentada en parada de bús dónde puedo caerme muerto por esos lares. Me recomiendan un garito cercano y allí que voy. Subo cuatro escaleras y entro. – Hola, hace bocadillos?De qué lo quieres?De qué puede ser?Depende, de qué lo quieres?… El bucle de 15 minutos llega a su fin cuando introduzco la variable -Lomo..? El hombre máquina: – Lomo queso, lomo beicon, lomo pimientos, lomo lomo?. – Póngame un sandwich vegetal
Lo devoro en la terraza junto a dos camioneros que me miran como queriendo sacarme a bailar y me abro…
Llamo a Miguel, que ya está enfilando el final de etapa, y le pregunto dónde está. Él me responde: – Enfilando el final de etapa. Hoy va de bucles…
Tiro a rodar hacia Valverde de la Virgen y San Miguel del Camino con estas bucólicas vistas:

Seguidamente tengo un chispazo de libertad a lo Gladiator y decido acariciar con la palma de mi mano izquierda una bonita vegetación a mi paso por esos socarrales. Eran ortigas…
Continuo mi aventura en solitario al lado de una carretera nacional y un paisaje de páramos y arbolado inconexo, hasta que enfilo tras dejar Villadangos del Páramo, una recta apocalíptica de casi 4 kilómetros al lado de un canal de riego. Cuando es recto, es malo. Parece que sí, pero no. Son decepciones ópticas. Y si llevas sandalia y zapatilla, acompañadas de ampollas, peor. Más vale que llevo la mano raspada de libertad

Llego al albergue de San Martín del Camino y allí encuentro a Miguel sobre una toalla departiendo con Chiara, como queriéndose cortar las uñas mutuamente. Interrumpo sus trapecismos con mi jadeo cansado y mi aspersor sudoríparo para sentenciar inteligente: – Ya hemos llegao….
Albergue Vieira se llama, antes del pueblo y su depósito de agua Star Trek…

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La Señora Carmina y el Señor Isidro regentan el albergue. Ella lleva los pantalones y él la falda, aunque a la noche se la quita para pasearse semidesnudo por los aledaños, en un pronto sicótico-tarzanesco.
Hasta las 21:30 no se puede cargar el móvil en las habitaciones porque el gasto acumulado podría dejarles en bancarrota a ellos y sin luz a Futurama. El mostrador principal exhibe latas y yogures vacíos que muestran su precio a boli sobre papeles adheridos con celo. Alguna lata ya es blanca por efecto invernadero. Hay una vintage de Seven-Up…
A la noche se juntó en la terraza lo más granado del panorama alberguístico para jugar al juego de cartas de moda: el asesino. No hubo desperdicio. Chiara, la modélica italiana de aspavientos y pelo corto rizado fue la mejor asesina. Lo había hecho antes… Mara, el Cansado de Faemino que también mató bien, sin rastro. Marta, madrileña pilla y guapa, se marcó dos guiños al policía destacables. Adrián, showman de falsa seriedad que siempre tenía el 5 y ponía cara de policía. Flodel, típico alemán que habla como el típico español, genuino y tronchante, al que siempre le tocó la puta.
Tras horas de juego, queríamos más. No eran las cartas, ni las cervezas… Fue estar allí, en aquella mesa y en aquel momento, con esas personas, mirándonos en silencio y fingiendo que seguíamos jugando cuando lo que hacíamos era estrujar ese instante y que durara para siempre…

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