Etapa 19: Astorga – Foncebadón

Miércoles 15 de agosto de 2012. – Luk! A baterflai (sobresaltó aquel chaval de Valladolid a aquella británica llamada Ashley). Ella: – Where!??. El vallisoletano de nuevo: – On de flor… Ashley, mirando al suelo: – I can’t see anything on the floor, dude… Por último, él: – Yes, yes… On the flor, on the jírasol. Le faltó el ole qué arte…
Me despierto en Astorga recordando con una sonrisa este genial despropósito idiomático del que fui testigo llegando a la ciudad romana. Sigo en Astorga. Generalmente te despiertas en el mismo sitio en el que te fuiste a dormir… Quisiera estar más lejos, más cerca de Santiago. Dejo esa estancia de dos literas que compartimos con la Carrá y Pausini, tono pastel…, y me arrastro hasta el baño para que mis ojos brinden con lágrimas artificiales y que mis piños sean masajeados por las cerdas de mi cepillo, las que me lo regalaron… Luego relleno con mi cuerpo la sombra de Miguel para bajar al jol y checkear por last taim que mi blog continúa siendo la página principal del navegador del único ordenador que estaba encendido. Seguía siéndolo…
Ha llovido esta noche. Normal después de la bamba y el paquito que se calzó la vedette de la orquesta Comadreja que deleitó hasta altas horas. Estoy pa suelos mojados porque ya las dos zapatillas moldean mis pies de caminante.
Me pego al compañero y vamos abandonando esta ciudad de confiterías, hojaldres, mantecadas y tengo bragas pa todos los culos… Pasamos por delante de la catedral todavía a oscuras y me detengo. A veces me paro, miro, reviso en mi mente qué significa todo esto. Y aunque transmuta el lugar, las gentes, los senderos, algo es inmutable, siempre lo es: un misterio, inmenso y plácido. Lo que no cambia es la certeza de mi ignorancia, saber que no tengo ni idea…

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Así continúo, llegando a Valdeviejas y su ermita del Ecce Homo. He aquí el hombre, y no nos lavamos las manos ni queremos pintarle la cara, sólo seguimos adelante. Recalamos en un bareto con un camarero insolente que echa pestes de un par de peregrinos. Nos bebimos la mala leche que nos sirvió en vaso corto y arrancamos de allí. Miguel antes; escribiente se quedó a dar unas onzas de chocolate a un gato que rondaba en aquella terraza. Gato, si lees esto…: abandona a ese tipo. Encontrarás mejor refugio en cualquier sitio del Camino. El Burgo Ranero, por ejemplo.
Logro alcanzar al compañero más tarde, tras el paso elevado sobre la autovía Madrid-Arteixo, una espada de hormigón y alquitrán que perpendicular hiere al Camino sin matarlo porque no existe carretera que pueda hacerlo.
Murias de Rechivaldo, Santa Catalina de Somoza… Otras dos horas a paso ligero. A veces vamos tan rápido que podríamos llegar ayer. Y sobre un monótono andadero, no hablamos, no hace falta. Nos sabemos cerca y oímos el paso del otro, es suficiente. En ocasiones rompemos la monotonía con estupideces, paradojas inventadas o temas de cualquier cantautor o grupo de los 90, con los que escribiente se quedó anclado.
Asfalto, un pinar, Río de Rabanal Viejo, ermita del Cristo de la Vera Cruz y empezamos a subir dirección Cruz de Ferro. Nuestra acompañante, Mery Cabrera, una andaluza espectacular capaz de hacerse un triathlon con un saco a hombros, nos saca esta instantánea mitchbucanesca en un abrevadero camino de Foncebadón (Miguel lleva una dentadura postiza que se agenció en el mercadillo de Astorga):

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Casi 4 kilómetros más por carretera y arrivamos a nuestro destino no sin sufrir en el último tramo, un repecho reserio a medio camino entre la comarca de la Maragatería y el Bierzo, que ya intuiremos pronto en el horizonte.

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Foncebadón es un pueblo leonés que descansa arriba, semi-derruido. En los años 60 y 70 se quedó casi desértico porque el centenar de personas que allí resistían decidieron emigrar. Salvo 2 personas, una de ellas aquella mujer que trepó al campanario para que los incipientes saqueos no dieran cuenta de las campanas, ruidosas, fieles y únicas compañeras de aquel reducto maragato. Desde hace unos años algunos se vinieron hasta aquí para recobrar la vida al municipio y montar albergues y alguna choza. Lo demás, piedras y casas destruidas, una mezcla de Tíbet y lejano Oeste. Algunas gallinas andurrian por los verdes amarillentos al lado de cabras que mueven sus cencerros aferrándose a no desaparecer del mapa. La magia de este lugar lo hará eterno…

Queremos empaparnos de este espacio y este tiempo, ahora, aquí… en las antípodas de la vida moderna, la ostentación y las gilipolleces mundanas. En este sitio un bocadillo sabe más a bocadillo, una mancha ocupa menos en tu pantalón y una sonrisa más en tu cara…
Llegados al albergue Monte Irago, uno de esos sitios al que siempre vuelves con la mente, hacemos check-in guiados por el hostalero ex-fuerzas armadas que por fin encontró su sitio en el mundo, en el fin del mundo… Con camas adjudicadas, salimos de nuevo y nos sentamos en una mesa de la entrada. Allí descansa uno de los personajes del Camino, un mallorquín, músico del ejército, de risa contagiosa y espíritu libre que se parte con nuestros vídeos del último superviviente. Atendemos después atónitos a algo deliciosamente casual. Con ojos alegres y sonrisa, nos dice: – Conocéis al hostalero? Habéis estado ya con él?… Es acojonante. Fue compañero mío en las Fuerzas Armadas… Un día lo dejó, empacó sus bártulos y se fue en busca de la libertad que nunca tuvo… Y me lo acabo de encontrar aquí dentro, es el tipo que os acaba de dar cama… Nos quedamos callados y sentimos el aliento de la casualidad más entrañable. Volveremos a ver a este músico en pequeñas dosis, como las cosas buenas. Suerte amigo…
Este albergue tiene tienda en su planta baja y unas mesas que hacen de restaurante. Nos acomodamos en las literas y pronto bajamos a compartir comida con la troupe italiana al completo y Adrián, Marta y Flodel. La cena, ya en una pequeña estancia del restaurante, acogerá un instante memorable, de esos pocos en los que se detiene el tiempo. Alguien animó a Miguel a cantar una canción, oyendo en la sala contigua cómo alguien manoseaba una guitarra. Y la voz de Miguel empezó a sonar. Una canción de desgarro, con voz limpia y pensamiento desgarrado… El silencio que le escuchaba mandó callar a toda la sala, a toda la planta de aquel albergue de Foncebadón. Cantó sentido y se notó, se sintió. Un aplauso y risas siguieron a aquella canción, aunque todos queríamos lágrimas en los ojos, las que casi derramó mi compañero…
Este pueblo no estaba abandonado. Si alguien lo estaba, éramos nosotros. Fue precisamente él quien nos rescató…

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4 pensamientos en “Etapa 19: Astorga – Foncebadón

  1. Txipi dice:

    Por supuesto que estará mejor en El Burgo Ranero! Es mi pueblo… 🙂 Qué ilusión me ha hecho leerlo. Enhorabuena por el blog, George.

    • bienvestidoyenmilexus dice:

      Jajajaj!!No jodas que eres de ese pedacho de pueblo!!! Sin dudarlo, uno de los puntos clave del Camino, por su gente, su laguna, su atardecer… Voy a sacarme la doble nacionalidad: navarra-burgaranera… Un abrazo y gracias por dejarte caer por aquí!!!!

  2. Javier dice:

    ¿Va a tener continuación el diario? Es muy bueno.

    • bienvestidoyenmilexus dice:

      Qué tal Javier!! Sí, por supuesto, aunque parezca lo contrario. En los próximos días publicaremos la siguiente etapa. Te agradecemos acaloradamente que hayas hecho esta pregunta. Esperemos que las 7.000 visitas que llevamos no hayas sido tú desde diferentes ordenadores… Un abrazo titán!!

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