Etapa 21: Ponferrada – Villafranca del Bierzo

Viernes 17 de agosto de 2012: son las 6 de la mañana y le escupo a Miguel un “buenos días” de ultratumba mientras me quito una bolangana del calcetín derecho porque en verano yo duermo con caltines. Nos vestimos casi parejos en aquel barracón que ya ha empezado a desmantelarse y nos miramos sin decirnos nada como si acabáramos de conocernos. Su barba es una hiedra que cada día coloniza lugares distintos de su cara. Pero aún sé que es él. Su voz de Luis Miguel le delata: “este barracón está frío como el viento” -“Pero, ¿cuándo salimos?” -“El día que me quieras…”. Es él, no hay duda.
Me he levantado fresco, con los pies como los de Bar Refaeli. Al final de etapa los tendré como Frodo en Mordor.
Mi alter ego vocalista abandona la estancia militar y sale escopeteado dispuesto a dejar Ponferrada como se dejan tres para septiembre: sin despeinarse.
Escribiente se atuenda de peregrino y atraviesa el hangar semivacío que huele a reflex y tiene espolvoreadas por el suelo decenas de envoltorios de tiritas. Subo las escaleras y me planto a las puertas de la cocina, que está en una esquina del gran hall principal del albergue. Hordas de peregrinos vagan por la estancia con hambre y sueño, pero reparo sólo en Rokas Buciunas “Rocky”, embutido en su elástica verde chillón del combinado lituano que resplandece como si estuviera subrayada. Se afana en destripar una sandía de 8 kilos que posteriormente engulle sirviéndose de un utensilio mortífero: una cucharilla de café. Me mira, extiende la sandía en mi dirección con uno de sus brazos de acero inoxidable y apuntilla: “Me la han dao. Se iba a poner mala”. No alego nada. Sonrío, le arrebato su cucharilla y abordo el frutón con ahínco extrayendo un gran trozo que me llevo a la boca con los ojos cerrados para disfrutarlo más o eso dicen.
Salgo del albergue. Dos trozos de sandía no son suficientes para un deportista de élite del programa ADO y voy al bar de enfrente del albergue a desayunar seguramente cacao con leche, zumo de naranja y un par de bollos rellenos de perdición. Allí se citan currelas de mono que van a entrar a trabajar y algún que otro oficinista con traje EasyWear sosteniendo su cortao con sacarina y mirando las tetas de la camarera, en una bonita estampa quijano-sabinesca. Así arranca mi etapa, que culminará en Villafranca del Bierzo tras 24,1 kilómetros derritiéndome bajo el sol y contando mariposas. Fueron un total de 12 mariposas.
Tras cincuenta metros andando me reúno con mis pies, nos cantamos una de Modern Talking (“China in your eyes”) y emprendemos ya los tres el duro camino dirigiéndonos hacia el norte. Atravesamos el río Sil y el monumento a los Donantes de Sangre, dirección Compostilla y posteriormente Columbrianos. Llamo a Miguel para comprobar si este rodeo “venía en el folleto”. No volveremos a vernos hasta Villafranca. Se despide con un: “Será que no me amas”…
Toda esta comarca, en la que vive Gandalf, es conocida como la “Hoya del Bierzo” por ser una llanura rodeada de montañas. Además es pingüe en el cultivo de la vid, que es lo único que ve el peregrino, junto a su sombra. Dejo Columbrianos pasando por la capilla de San Blas y San Roque. Me pongo a pensar si recuerdo la contraseña de mi correo de la oficina y efectivamente no la recuerdo.
Pistas asfaltadas y tierra de vino me llevan hasta Fuentes Nuevas y después hasta Camponaraya. Siento la tranquilidad del Bierzo, con sus chopos altivos y expectantes, aunque el peroneo izquierdo empiece a pedir peaje. Y no llevo suelto…
Cacabelos, Santuario de la Quinta Angustia y Pieros son los siguientes acicates para el peregrino. A falta de 4 kilómeros a meta, por un camino empedrado y con el cielo azul intenso como el día de tu Comunión, dejo a la diestra un estudio de escultura que rompe la panorámica de vides y lomas.
Hace un día de cojones y estoy a las puertas de Villafranca del Bierzo. Los últimos kilómetros los hago con Nerea, de Pasaia (ver “Personajes”), a la que intercepto de forma amable: “se dice por ahí que eres las piernas del camino”, a lo que responde preguntando: “¿por lo largas?” -“No. Por lo duras…”
Comienza un combate dialéctico entre vasca y navarro-riojano que acaba en tablas y bonitos gestos de complicidad encubiertos tras insultos e inquina. Bienvenidos al norte…
Ambos llegan a fin de etapa y en una terraza de plaza verten por su gaznate sendas cervezas heladas en son de paz. Ella decide quedarse en Villafranca y no continuar como tenía previsto, ya que queda prendada de escribiente aunque lo niegue tres veces.
Ya en el pueblo hablo con Miguel por el celular. Se ha instalado en un albergue llamado La Piedra, de sábanas limpias y piel morena. Es un sitio amable, con wifi, cocina y sin colador. Llego el último, pero me han dejado la litera superior de una bonita estancia para cuatro inquilinos. Los otros dos entes además de Luis Miguel son Ricchi e Poveri (Chiara Andreini y Mara Migliorini), cuyo perfil debes visitar en la sección “Personajes”. Debes.
Nos curamos las heridas y salimos a comer. Lo hacemos en una terraza de la plaza del pueblo, bonita, soleada y llena de peregrinos que “destrozan” platos menú del día como si fueran “de su último día”. Hay hambre. Abandono la mesa para entrar al baño del restaurante. Llevo las gafas de sol asidas a la camiseta por una de sus patillas. Escribiente las deja encima de la carcasa metálica del rollo de papel higiénico porque al miccionar inclina su tronco 45 grados hacia delante como si quisiera escudriñar algún graffiti bañístico tipo “Un viejo y una vieja van p´Albacete…”, el siempre íntimo y personal “Yo corazón MariCarmen” o el noveoso “Me encanta escuchar ‘Superstitious’ de los Europe mientras hago del cuerpo”. Liberado, dejo el wc y olvido las gafas allí dentro. Salgo y me reúno con la tresena para seguir engullendo…
Volvemos al albergue y me pongo a cocinar la quinoa no sin antes percatarme de que no existe colador entre el menaje. Desde recepción el hostalero me señala una ferretería justo enfrente y allí que voy a por mi defensa del Real Madrid… Dentro, una viejecita de 140 años que me recibe como si hubiera visto a Alf se enzarza en la búsqueda del tesoro entre toneladas de artefactos antiguos (ballestas, catapultas, Iphones 4, Internets Explorers…), hasta que retorna del más allá con humo incluido, una sonrisa en su cara y asiendo en su mano levantada un magnífico colador cuyas pruebas del carbono 14 han resuelto que pudo haberse fabricado en 1630. Le dejo un maravedí de propina y un “gracias majica” que nunca falla.
Regreso a la cocina, a la que había puesto cinta policial para que nadie usara, y comienzo acompasado un baile gastronómico que durará dos horas a 180 grados fuego lento. Una sartén de color azabache y 60 centímetros de diámetro se cruza en mi trayectoria visual. Es la extensión de uno de los descubrimientos del Camino: Delphine. Gafas John Lenon, diadema Navratilova y una riñonera en cuyo interior guarda la mochila y un adoquín del Arco del Triunfo (ver “Personajes”). Amable, sensible, mística… Viene de París, andando. Y la sartén pesaba 12 kilos…
Pero mi quinoa es para mañana, no para esta noche. Hoy cocina Miguel. Se trata de un cocido madrileño que es más fácil rodear, y sabroso. Italian job, Luis Miguel, una ironwoman canadiense que acabamos de conocer y escribiente pululamos por la cocina oliendo el percal del solista. Había cola en la cocina sólo para oler.
Pero no todo fueron buenas caras un par de días atrás. 21 jornadas caminando business to business hace que en ciertos compases de la aventura se instaure en la dupla una cierta crispación, sin forma definida ni color. Porque nadie detiene palomas al vuelo, decidimos solventar las tánganas con abrazos, aunque en todas las ocasiones le hubiera mordido la yugular después de hacerle dormir en un saco lleno de migas…
Escribiente lleva mucho tiempo haciendo de coche escoba en las etapas. Pero allí, en las faldas de O Cebreiro, a las puertas del monstruo, la antesala de una de las etapas más temidas por cualquier peregrino… las cosas iban a cambiar. Duermo dispuesto a demostrarme que aún sigo en el mercado de los caminos y las piedras, en los grandes almacenes del honor… Y que a estas patas de canario le quedan muchos anillos que ponerse; y a estos pies planos muchas bambas que destrozar…

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